jueves, 15 de febrero de 2018

Los muertos invisibles de la Argentina


Diario LA NACION
11 de febrero de 2018  
El último gesto de vida de Antonio Muscat, segundos después de recibir una lluvia de plomo, es esta lágrima furtiva que le cruza el rostro final, tendido sobre la vereda ensangrentada. Nació en Dock Sud, provenía de una humilde familia de inmigrantes malteses y se casó con una bella croata de tres nombres a quien todos llamaban Beba. Se recibió de contador público, ingresó en Molinos e hizo una larga carrera en el grupo Bunge & Born. Su vida personal siguió siendo sencilla, frugal y feliz: se lo veía siempre cortando el pasto del jardín de su casa de Quilmes, acompañando a sus tres hijas mujeres y ayudando a los más pobres desde sociedades de fomento, club de leones y parroquias ribereñas. Beba lo esperaba todas las tardes con la alegría de una novia. Al día siguiente del secuestro de los hermanos Born, ella atendió un llamado: "Decile al hijo de puta de tu marido que va a ser el próximo". Al principio de los violentos años 70, la compañía le había ofrecido trasladarse a Brasil; luego le intervinieron el teléfono y le pusieron una custodia. Pero Antonio no quería asilarse ni vivir vigilado; pensó sinceramente que nadie querría matar a un simple gerente, a un tipo de barrio. Más bien cavilaba, y no sin algo de razón, que esos amagues eran simples presiones para que el patriarca de los Born soltara por fin el dinero del rescate. Pero el patriarca se ponía duro y las negociaciones se dilataban, y entonces los responsables de la Operación Mellizas tomaron secretamente la decisión de "ejecutar" a algún empleado de la compañía para ablandar la voluntad, para aceitar el diálogo. Antonio Muscat no tenía forma de saber que ya se había transformado en un blanco móvil.
Esta mañana del 7 de febrero de 1975 gobierna Isabel Perón, y hay un sol radiante. Muscat, como todos los días, se levanta temprano, sale a hacer flexiones y ejercicios de respiración, se ducha y despierta a Beba: siempre se sienta a su lado en la cama y le ceba unos mates. Luego carga a dos hijas en su Ford Falcon y cambia su itinerario de rutina, puesto que debe dejar a una de ellas en la estación de trenes. "Apurate que tengo varios coches atrás", le dice. Ella se apura y, por lo tanto, solo le deja un beso fugaz. Todavía hoy, 43 años después y con la perspectiva del drama, se arrepiente de aquella fugacidad. El dolor nos vuelve injustos con los detalles.
En la barrera Rodolfo López un coche le frena a Muscat por la retaguardia, y otro se adelanta y se le pone a la par. El contador entiende que algo grave está por suceder, porque comienzan a sonar dos sirenas. La barrera se alza y él pisa el acelerador. Pero a los pocos metros un tercer auto sale de la nada y lo bloquea, y lo encierran hacia la derecha. De ellos surgen nueve tipos armados con ametralladoras y le arrojan gas pimienta. La otra hija de Muscat baja aturdida y se refugia por un instante detrás del Falcon, y Antonio parece alejarse de ella quizá porque intuye que van a rociarlo de muerte, y no quiere que las balas la alcancen. Los asesinos se concentran en él: uno de los proyectiles le entra por el brazo, le atraviesa el tórax y le toca el corazón.
Cuando se acerca, su hija lo ve caído y por el rabillo del ojo divisa a los nueve homicidas, que regresan a sus coches con las ametralladoras humeantes. Es en ese instante de conmoción cuando observa que aquella lágrima solitaria y última surca la cara de su padre. Un conscripto que pasa por ahí la ayuda a cargar el pesado cuerpo y a conducirlo a la Clínica Modelo. Beba Muscat, pocos minutos más tarde, entra en el quirófano sin saber que su marido ya ha expirado y le grita: "¡Vamos, Antonio, fuerza!". Hasta que una enfermera la acaricia amorosamente, ella se da cuenta de la verdad y se desmorona.
Muscat fue sepultado en el cementerio de Avellaneda; dentro de la caja fuerte de su oficina encontraron varias amenazas firmadas por Montoneros y ERP. Born, que lo conocía y lo estimaba, ordenó fríamente que pagaran una indemnización, pero solo envió unas flores y una tarjeta impersonal. Sus dos hijos recobraron la libertad, pero nadie se acordó nunca de esa familia mutilada. Ni una línea, ni una palabra, ni un llamado. Beba se sintió abandonada emocionalmente por los patrones de su esposo. Estuvo un año entero muerta en vida, hasta que de pronto resucitó: dijo que nunca más iba a consumir la yerba ni la harina ni ningún otro producto que fabricaran las empresas de los Born, y se dedicó con risas y con garra a sacar adelante a sus hijas. Jamás volvió a enamorarse, pero logró que todas hicieran un buen duelo y que no se agitara obsesivamente en el hogar la memoria de aquel terrible atentado; no quería que sus nietos crecieran con resentimiento. La dictadura militar les pareció a todas ellas una aberración inexcusable: lavar sangre con más sangre, combatir el terrorismo transformando al Estado en terrorista y en sádico asesino en masa. Los posteriores negocios de Born con Galimberti les hicieron rechinar los dientes. Y la irresponsable mitificación de los montoneros operada por el gobierno kirchnerista les crispó los nervios. Tuvieron que romper su propio criterio con esos hijos y sobrinos cuando descubrieron que el clima de época les inculcaba la épica de la "juventud maravillosa". Se vieron forzadas a sentar a esos chicos y a explicarles seriamente lo que había sucedido con el abuelo. Y cómo los miembros de aquellas bandas armadas jamás pidieron perdón, y el modo en que se silenciaron a todas sus víctimas mediante una extraña extorsión pública según la cual evocar las aberraciones terroristas implicaba necesariamente disculpar el exterminio de Videla y de Massera, o sustentar de manera automática la "teoría de los dos demonios".
Por esa misma razón, hay 1094 muertos invisibles en la Argentina; la mayoría de ellos, eliminados en tiempos de democracia. Civiles y no combatientes. Personas que trabajaban para una multinacional y eran fusiladas con alevosía bajo la acusación de "colaborar con el capitalismo", o que se encontraban en el lugar equivocado a la hora equivocada, y una bomba las volaba en pedazos. O policías recién salidos de la escuela que eran agentes de tránsito y servían como bautismo de fuego para los militantes más ambiciosos: les disparaban a los vigilantes a mansalva en una esquina y ganaban así prestigio en el escalafón interno de la Orga. Hirieron, por ese camino, a 2362 ciudadanos y secuestraron a 756 hombres y mujeres.

Los Muscat no reivindican la represión ilegal, ni repudian las condenas a los militares, ni siquiera esperan que un juez alcance alguna vez a las cúpulas guerrilleras: parece demasiado tarde. Solo aspiran a salir del pozo del olvido, ese averno de silencios donde la muerte es omitida por el Estado y por la sociedad. Los desaparecidos, con gran justicia, tienen actos, homenajes, museos, parques de la memoria, lugar en los libros. Estos muertos, en cambio, no tienen nada. Su recuerdo no solo es necesario para reparar esa sustracción, sino para cuestionar esta nueva historia oficial que se cuenta en las aulas colonizadas, según la cual hubo una generación "heroica" que dio todo por cambiar el mundo. Incapaces de un mínimo pedido de disculpas, muchos de ellos fueron en verdad asesinos autoindulgentes, arrogantes e impunes recubiertos bajo la piel de "idealistas". Pensé mucho en ellos y en Muscat al leer esta semana la novelaPatria, sobre ETA y el País Vasco. Fernando Aramburu, su autor, vino a Buenos Aires y lo dejó claro: "Matar por un ideal es un crimen".

viernes, 12 de enero de 2018

ABRASADA (con S)


La nueva novela de Alejandro Marín


La aparición de restos humanos incinerados a la vera de una subestación eléctrica, cercana en tiempos y distancia al edificio donde fue hallado el cadáver del fiscal que prometía el peor de los escenarios para la ex presidenta argentina y varios de sus secuaces, desató todo tipo de conjeturas.
Conjeturas fogoneadas por un periodismo supernumerario, ávido de verdades, suposiciones o patrañas. Y por la imaginación de la opinión pública, mayormente saturada de los haceres del gobierno que fue.
A este escenario se enfrentan  Jordi Gonorria, economista de nota y sublime cocinero y su amigo y compinche, el comisario Francisco “Quito” Verdudo.
Para desembrollar este misterio, nuestros amigos deben transitar el lado bronco de una realidad poblada por mafias y por los políticos, mercaderes y banqueros que trincan con ellas.
Apetitosos platos, divertidas historias de cocina, enigmáticos sobresaltos eróticos y sesudos análisis de nuestra economía completan el escenario.
Un escenario ilustrativo y divertido de transitar para el lector aficionado a las martingalas del misterio. Y por qué no, de la realidad.

https://www.amazon.com/Abrasada-misterios-Gonorria-Verdudo-Spanish-ebook/dp/B078YD6FRD/ref=sr_1_1?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1515771688&sr=1-1&keywords=abrasada+%28conS%29

viernes, 29 de diciembre de 2017

PARA AQUELLOS QUE NO ESTAN DISPUESTOS A RENUNCIAR AL LIBRO DE PAPEL

Ahora también en papel a pedido en la tienda Kindle de Amazon.
CON LAS COSAS LINDAS QUE PASAN EN LA FAMILIA
Otra novela de intrigas, ficciones y realidades de Alejandro Marin
Jordi Gonorria, economista, cocinero y detective aficionado, y Quito Verdudo, ex comisario,  se topan con otro misterio. Cuando el hijo de un bodeguero es acusado por los homicidios de su esposa y su amante.
Tratando de encontrar claves que exculpen  al acusado, nuestros amigos recorren los libros escritos por la víctima. Uno que recoge historias de connotados personajes de la provincia argentina de Mendoza, vinculados a la elaboración de vinos, de mascaradas y de curiosidades.
Y otro que cuenta las correrías de renombrados promotores y sacadineros vinculados al colosal embeleco del futbol.
La historia también va develando secretos de familia, ocultos a las vergüenzas entre los pliegues de  silencios e hipocresías
Una historia en la que la ficción y la realidad se conjuntan hasta resultar difícil  disociarlas.
En su transcurso, nuestro economista disfruta, no sin algún padecimiento, las osadas idas y venidas eróticas de su pareja, muy alejadas de lo que preconizan las virtuosas buenas costumbres.
Cuentos de cocina y pareceres sobre economía y economistas rematan un relato ameno e ilustrativo.
Disponible  en la Tienda Kindle de Amazon. Digital y libro papel de tapa blanda.


martes, 26 de diciembre de 2017

PAPARRUCHADAS

“¡Argentinos, a las cosas!”.
Quien no conoce esta frase y a su decidor? Por lo menos entre los portadores de un cacho de afición a la lectura. Si se han cansado de repetirla los escribidores seriales  y los gansos con pluma. Al extremo de aburrir.
La completó con su presunción sobre “el  brinco magnífico que daría este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas, directamente y sin más”.
Comentario absolutamente machista. Porque por estas épocas, sonaría mejor que las señoras se abran el pecho a las cosas.
Pero saben qué? Yo estoy persuadido (valga el desliz alfonsinista) que nuestro hombre se equivocó de medio a medio.
Con todo respeto de un lector contumaz de su obra.
Porque casualmente una curiosidad argentina es que no se habla de las cosas. En la Argentina se habla de ficciones, cuando no se parlotea sobre pelotudeces. Dicho esto  con perdón de público tan docto que sigue mis pareceres.
Claro que para anotarse con una pelotudez más (y vuelvo a rogar perdones), lo habladores y escribidores seriales hablan de “pos verdad”. Una falsedad no es una falsedad. Es una pos verdad, dicen los filósofos de trapo.
Pero definitivamente no hablan de cosas. Porque casualmente “las cosas” reales están prohibidas de mencionar. Por convenciones y miedos religiosos, psicológicos o sociales. O por no saber que existen. O por no resultar conveniente reconocer su existencia.
Así que quedan las entelequias para entretenerse. Sin olvidar las pelotudeces y pos verdades, claro.
Propias de una sociedad escasa en conocimiento y abundante en desparpajo.
La hipocresía es el deporte nacional. Aunque no se ofrezcan como fariseísmos si no como  atronadoras verdades.
Todo sea por no mirarnos al espejo y reconocernos como una sociedad de otra época, pobre en saber y discernir, poco solidaria, mentirosa, ventajera, desconsiderada con el ajeno y mayormente carente de voluntad de mejorar.
Claro que todo esto lo escondemos detrás de fábulas que inventamos para no reconocernos.
Enmascarándolas, sin hesitar, como valiosos convencimientos irrenunciables. Y por los que estamos dispuestos a llegar a cualquier extremo.
Al punto que muchas veces llegamos a los más extremosos de esos extremos. De esos que significan sacrificar la racionalidad y hasta vidas de personas.
Solo basta recordar los sacrificados  por la quimera de Malvinas. U olvidar los muertos que dejó el desvarío de la guerrilla. O la miríada de miserables que supimos conseguir.
Y en el mientras tanto, cada uno elige el momento que más le gusta y se entretiene con la peor de las nostalgias: añorar lo que nunca, jamás sucedió.  
Y lo trágico es que esas que llamamos convicciones arraigadas, indubitables, son las más sospechosas. Ellas constituyen nuestro límite, nuestros confines, nuestra prisión.

Esto también lo dijo Ortega.

viernes, 15 de diciembre de 2017

IMPREVISIONES PREVISIONALES

Hemos asistido a otro episodio del desvarío “nacional”. Pero no a cualquiera. A uno grave. Porque con prescidencia de lo adecuado o inadecuado de la forma y el fondo del proyecto de ley que se impulsó, el resultado resultó esperpéntico.
Ganó la barahúnda y el tumulto. Encabezada por los punteros políticos que, con el dinero ajeno, manejan bandadas de menesterosos profesionales; bandidos de billetera gorda dedicados a la política; delincuentes comunes apuntados al mismo rubro 
y otros abocados a mantener las canonjías que supieron conseguir y a las que no están dispuestos a renunciar. 
Acompañan hasta las señoras gordas que nunca aportaron su óbolo a las cajas de jubilación. Pero mientras juegan a la canasta y toman el té con scons murmuran contra el gobierno que, “me contó una amiga”, les quiere bajar las jubilaciones. “Yo no los voto más” exclama Ernestina mientras toma delicadamente un scon.
Y el tema da para que opinen hasta los que fueron socios de “ Kirchner, mujer e hijos S.I.I” (sociedad de irresponsabilidad ilimitada)
Como un desvergonzado caminador de la “ancha avenida del medio”, que siendo jefe de gabinete nunca se fijo que por las orillas los ministros que debía coordinar se estaban llevando los adoquines.
U otro de pelo revuelto, renunciante embajador y aspirante oficialista, que tampoco lo advertía mientras fue ministro de economía e incendió el país.
Como siempre, para entender de que se trata tema tan enriscado hay que recurrir a los expertos. O sea a los taxistas, a los peluqueros, a los periodistas, a los panelistas abonados a los programas de televisión, a las celebrities (más por las partes deliciosas que muestran que por las ideas que les falta), a los frailes y a los aficionados a facebook y chismes semejantes.
Todos van a coincidir en que hay que cambiar. Eso si. Que cambie mi vecino, porque yo no voy a renunciar a mi tenderete.
Y que se cague la nena, como dice un reo amigo.
En fin, yo no opino porque no soy lo suficientemente joven para saberlo todo.

lunes, 30 de octubre de 2017

VOLVER AL EQUILIBRIO “DEBIDO”

Para cualquier ciudadano decente, resulta gratificante que los diputados hayan eyectado a Julio De Vido de la protección que le brindaba su condición de legislador. Y ese  mismo ciudadano decente se complace al conocer que la justicia ordenó su detención.
Por cierto que  la prudencia recomienda lo que el conocimiento exige: esperar la sentencia judicial, que determinará la responsabilidad del susodicho en los desmanes y fechorías en las que parece haber participado.
Pero sería hipócrita no reconocer el convencimiento que uno tiene. Que esta banda de delincuentes  asoló  el país durante más de diez años. Que se robaron todo lo que tenían a mano. Y lo que no se robaron lo rompieron, según el colorido decir de Jorge Asís.
Pero esta campaña desatada por la prensa y por los “eyaculadores prematuros” ( Kovadloff dixit) para exponer las miserias del acusado y degradarlo públicamente no se inscribe en lo que la prudencia recomienda y el conocimiento exige. Es una campaña que va más allá de la legalidad.
Porque como nos recuerda Savater, humillar a alguien es someterle a la arbitrariedad, no al cumplimiento de la ley. Y desde luego se humilla al resto de los ciudadanos que cumplen las leyes para asegurar sus libertades.