martes, 10 de abril de 2018


Tocinos del cielo y persianitas de manzana
Otra novela de intrigas y realidades de Alejandro Marin

El ex comisario Francisco “Quito” Verdudo decide volver a investigar la inexplicable desaparición de un matrimonio,  mutis que no pudo desentrañar cuando ejercía su función y se encontró con el misterio.
Para ello solicita la colaboración de su compinche, el economista, cocinero y diletante Jordi Gonorria, quien lo ayuda en la acometida.
Y ambos vuelven a recorrer el sendero de la intriga, buscando trazas tal vez pasadas por alto en su oportunidad.
La historia se desarrolla en la entraña del barrio de Almagro, distrito poblado por la paradigmática clase media – media. En su transcurso tendremos una visión satírica y pintoresca sobre los gustos, los hábitos, el estilo de vida y los secretos de la pequeña burguesía de la ciudad de Buenos Aires.
Relato del que no están ausentes el irresistible erotismo, la buena mesa, las notas sobre economía y los siempre desagradables malos ratos. Y también los buenos, claro. Como en la vida.
Vení y pasala bien.

sábado, 7 de abril de 2018

La cara en el espejo



James Nielsen
Revista Noricias
6/04/2018



Año tras año, los izquierdistas, kirchneristas y otros paladines del bien en su lucha eterna contra el mal festejan con orgullo desafiante el aniversario del golpe de Estado de 1976. Parecen entender que en cierto modo fue obra suya. No les molesta saber que, de haber logrado los militares remodelar el país como se habían propuesto, ellos también hubieran sacralizado el 24 de marzo. Tampoco les impresiona el que lo lógico sería que los comprometidos con los valores democráticos y el respeto por los derechos humanos celebraran con el fervor correspondiente el 10 de diciembre por tratarse de una fecha patria mucho más importante porque en aquel día de 1983 se restauró el orden constitucional, mientras que pasarían por alto una efeméride que en su opinión sólo merecería la aprobación de un puñado de derechistas nostálgicos.
Si bien son cada vez más los que piensan así, hasta ahora no les ha sido dado hacer retroceder a los resueltos a mantener el 24 de marzo como el día clave de la historia moderna del país. Para estos personajes, todo cuanto ha ocurrido desde entonces está relacionado con el golpe militar y sus secuelas. Como las tragedias de Sófocles o Shakespeare que han conservado toda su vigencia, los actores pueden cambiar pero los roles, y la trama, siguen siendo los mismos.
Lo último que quieren es que la Argentina deje atrás los años setenta o, lo que a su entender sería peor todavía, que se hiciera un análisis serio de las razones por las que tantas personas, incluyendo a muchos políticos moderados, creían que el golpismo era un fenómeno natural. Tampoco les parece extraño que en la Europa de la década de los ochenta del siglo pasado virtualmente nadie supusiera que la política debería continuar girando en torno a los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial, una catástrofe que fue mil veces mayor que nuestra “guerra sucia”, mientras que aquí, a más de cuarenta años del golpe aún abunden quienes se niegan a reconocer que en el mundo mucho ha cambiado a partir de aquella jornada deprimente y que acaso valdría la pena no perder más tiempo fantaseando acerca de lo que pudo haber sido.
No será fácil convencer a “militantes” que se proclaman dueños absolutos de la Memoria, Verdad y Justicia, así con mayúsculas, que en su caso se trata de conceptos resbaladizos manipulados por demagogos. Tanto los protagonistas ya ancianos de los conflictos que ensangrentaron a la Argentina de hace dos generaciones como los más jóvenes que han hecho suyas las obsesiones de sus mayores, han procurado –con bastante éxito, hay que decirlo– , reemplazar la memoria auténtica de aquellos tiempos por otra ideologizada, personalizada, en la que les tocaba a los montoneros y erpistas desempeñar un papel heroico en defensa de la democracia.
Por el mismo motivo, prefieren ficciones, con tal que les sean convenientes, a la verdad comprobable, de ahí la sacralización del número talismánico “30.000”; como fundamentalistas religiosos, estallan de furia toda vez que alguien se anima a señalar que fue elegido por motivos propagandísticos, o sea, publicitarios, y se oponen a todo intento de averiguar cuántos desaparecidos hubo en base a la evidencia disponible.
Lo mismo puede decirse del empleo de la palabra “genocidio”, como si todos los asesinados por los militares pertenecieran a una etnia determinada que el régimen quería eliminar. Fue una matanza horrenda, de acuerdo, pero el genocidio es un crimen de dimensiones apenas concebibles en estas latitudes. El holocausto perpetrado por los nazis y el asesinato de entre 500.000 y un millón de tutsis en Ruanda fueron genocidios; lo hecho por la dictadura castrense no fue comparable con tales atrocidades colectivas en que participaron muchísimos civiles.
En cuanto a la Justicia, la actitud de la mayoría de los militantes que llenaron la Plaza de Mayo se asemeja a la reivindicada por su general favorito, Juan Domingo Perón, “Al amigo todo, al enemigo ni justicia”. Lo que piden es venganza. Con la complicidad de buena parte de una clase política intimidada, se las han arreglado para asegurar que cualquier militar acusado de violación de los derechos humanos se pudra hasta morir en una cárcel sin disfrutar de ningún beneficio previsto por la ley, mientras que terroristas culpables de crímenes parecidos se vean tratados como próceres democráticos. En principio, los “luchadores por los derechos humanos” deberían ser los primeros en exigir que sean tratados conforme a las normas que ellos mismos reivindican, pero pocos, muy pocos, están dispuestos a arriesgarse así.
La postura adoptada por los izquierdistas es paradójica; insisten en que delinquir en nombre del Estado es infinitamente peor que hacerlo en el de una agrupación rebelde que pertenece a lo que sería legítimo calificar del sector privado. Huelga decir que la distinción que hacen entre la violencia estatal por un lado y, por el otro, la de quienes la usan para apoderarse del Estado, está hecha a la medida de “compañeros” que hicieron un aporte fundamental al golpe al brindarles a los militares un pretexto para derrocar, con el apoyo tácito de muchos dirigentes políticos y ciudadanos comunes, al gobierno de Isabelita, además de popularizar la maligna idea maoísta de que “el poder nace de la boca del fusil”.
Tanto en la Argentina como en casi todos los demás países, los izquierdistas y los populistas que les son coyunturalmente afines están tratando de apropiarse del pasado por entender que, debidamente movilizado, los ayudará a incidir más en el presente y, desde luego, en el futuro. Para los organizadores de las manifestaciones más recientes, muy poco ha cambiado en los cuarenta y dos años que han transcurrido a partir del golpe. Cuando miran a Mauricio Macri, ven a Jorge Rafael Videla, Nicolás Dujovne será José Alfredo Martínez de Hoz –total, son “derechistas”–, los detenidos por actos de corrupción son presos políticos y Santiago Maldonado sigue siendo un desaparecido a pesar de que toda la evidencia hace pensar que murió ahogado sin la intervención de ningún gendarme.
En las circunstancias imperantes, la voluntad de tanta gente de aferrarse a una mezcla de exageraciones malévolas, interpretaciones arbitrarias y mentiras no puede sino ocasionar preocupación; sociedades enteras –entre ellas la venezolana–, han sido arruinadas por la irracionalidad de minorías fanatizadas que anteponían sus propias ambiciones al bienestar común. El que, a pesar de todo lo sucedido, el kirchnerismo aliado con la izquierda dura que fantasea con dinamitar el orden existente siga representando la alternativa más probable al macrismo, y que iría a cualquier extremo para impedir que el país levante cabeza, es inquietante.
Lo mismo que en el resto del mundo, a los supuestos herederos locales de los rebeldes y revolucionarios de otros tiempos les gusta creerse víctimas de la maldad capitalista, imperialista, racista y, últimamente, sexista del establishment planetario. Entre otras cosas, suponen que la condición así supuesta les ahorra la necesidad de decirnos lo que harían para remediar las injusticias que denuncian si regresaran al poder. Treinta o más años atrás, era posible confiar en que, bien aplicadas, las recetas revolucionarias podrían crear sociedades superiores a las “burguesas”, pero la experiencia nos ha enseñado que se trataba de una ilusión trágica.
En todas partes, las distintas variantes de la izquierda están batiéndose en retirada porque han sido incapaces de elaborar programas de gobierno que no sean meramente negativos. Sin darse cuenta de ello, los progresistas se han vuelto reaccionarios, aunque pocos lo son tanto como en la Argentina; a juicio de muchos, 1976 sigue siendo el año cero y cualquier intento de separarse de él les produce indignación.
En cierto modo, el apego a expectativas frustradas o, como ellos afirman, al “idealismo” juvenil que se atribuyen, de quienes sigan conmemorando el 24 de marzo es comprensible; es cuestión de casi todo su capital político y, en muchos casos, de una fuente de ingresos nada despreciables. Puesto que desde los años setenta los partidarios de la fantasiosa “revolución nacional y popular” no han logrado anotarse éxitos, genuinos o virtuales, no les ha quedado más opción que la de continuar aprovechando lo que consiguieron al ganar, de manera aplastante, la batalla cultural que, con el respaldo de oportunistas como Néstor Kirchner y su esposa, libraron contra quienes los habían derrotado en la lucha armada que habían emprendido.
¿Qué buscaban quienes colmaban la Plaza de Mayo para protestar contra los militares ya muertos que encabezaron el golpe de 1976? Muchos se limitaban a aprovechar una nueva oportunidad para gritar consignas contra Macri. Otros temían perder el poder de veto sobre todo lo vinculado con el golpe de aquel año fatídico por suponer que es un asunto exclusivamente suyo y por lo tanto debería permanecer vedado a quienes no comparten sus preferencias, prejuicios y trayectorias. Así y todo, sin que el gobierno de Cambiemos los haya alentado, algunos investigadores y periodistas están llegando a la conclusión de que al país le convendría que el pasado oficial, por decirlo de algún modo, dejara de ser un espejo distorsionador diseñado no para reflejar la verdad auténtica sino una versión engañosa inventada por una facción política rencorosa.


miércoles, 28 de marzo de 2018

Y COMO VAMOS, CHE?


Resulta común escuchar a políticos tan profanos como desfachatados,  economistas,  ciudadanos de a pie y sobre todo a bocazas y periodistas, que en general suelen ser los mismos, afirmar que las cosas van fatal, fundamentalmente porque la política gradualista del gobierno no sirve para nada.
Nos cuentan que muchos tienen grandes problemas para campear la situación, que otros no llegan siquiera a fin de mes y que las importaciones están destruyendo la industria local.
Y fundamentalmente que la política gradualista del gobierno es solo un ajuste interminable que lo está pagando el pueblo trabajador.
Y que recomiendan estos comentaristas?
Bueno, los hay quienes con estas críticas buscan un posicionamiento político, cuando no económico. Están los que pecan del llamado vicio ricardiano, por David Ricardo, consistente en aplicar modelos simplificados a realidades complejas. Y están también los que  reconocen que no hay otra alternativa que obrar gradualmente, pero aun así la critican. Porque parece ser lo políticamente correcto. O tienen ganas. O por las dudas.
Incluso escucharlos hace pensar que los miembros del gobierno son ignorantes o tontos de capirote. Cuando no sinvergüenzas que solo quieren enriquecerse.
Por cierto que en el camino el gobierno ha hecho grandes avances. Los más o menos enterados sabemos cuales son. Salimos del default; se ordenó la política monetaria y cambiaria;  se impulsó la independencia del Banco Central  y   se reconstituyeron sus reservas; se acomodaron las tarifas de los servicios públicos,  lo que impulsó la inversión en el sector; se está fomentando el desarrollo del mercado de capitales;  se creó la UVA, para facilitar, aunque sea a los trompicones,  el acceso a la vivienda mediante el resurgimiento del crédito hipotecario; se acordó con las provincias la ley de responsabilidad fiscal que limita el crecimiento del gasto público, induciendo su reducción en relación con el PBI. Está bajando el déficit fiscal elevadísimo que dejó el gobierno anterior, cumpliendo las metas fiscales e incluso sobrecumpliéndolas; se eliminaron regulaciones; se redujeron la discrecionalidad, los tiempos y las trabas para las importaciones y las exportaciones. Se eliminaron y redujeron retenciones a las exportaciones. Se están mejorando la logística y la infraestructura como resultado de reducir los costos de la obra pública, de rehabilitar y ampliar la cantidad de puertos y aeropuertos y de reducir los costos portuarios y de transporte. Se estás construyendo rutas más seguras y autopistas como nunca antes. Después de nueve años de producir estadísticas sin credibilidad, se recuperó el Indec y se inició un proceso de mejora en la calidad de sus productos. Y podría seguir,  pero ya me estoy poniendo aburrido.
Caramba, bastante para dos años de gobierno y, en especial, considerando de dónde veníamos.
Claro que no han podido con la inflación, que bajó pero menos de lo que el gobierno esperaba. Ni han logrado la lluvia de inversiones, aunque crecieron al 11% en 2017  y estimamos que al 15% este año.
Ah, y según las últimas mediciones, bajó la desocupación, la pobreza y la indigencia y no para de aumentar el producto bruto. No a lo bruto, pero a tasas razonables.
Hasta la UCA - Universidad Católica Argentina -  cuyas estimaciones siempre me huelen a canje de intereses,  considera que "la reducción de la pobreza ya es una tendencia".
Todos estos son hechos objetivos.
Claro que lo expertos que cuentan  no se ponen de acuerdo sobre este rumbo.                                                                                Los hay como Juan Carlos de Pablo o Carlos Melconian o José Luis Espert,   quienes objetan esta travesía gradual y se alarman por el aumento de la deuda externa, necesaria para cubrir los baches del camino, es decir el déficit fiscal. Agregando de Pablo, gran conocedor de la historia económica, que nunca estos procesos paulatinos tuvieron éxito.
Y los hay quienes son más positivos como Mario Blejer, quien considera que el endeudamiento es bajo y constituye una forma legítima de financiamiento y pondera la política de disminuir la importancia de la tasa de cambio en la competitividad de la Argentina.
O Miguel Angel Broda, siempre severo, quien piensa que estamos mejor  y probablemente hayamos empezado un intento de disminuir el déficit. Y que lo que estamos viendo es para aplaudir aunque esté insatisfecho con los tiempos.
En fin. Como siempre, gustos para todos.
Yo que pienso?
Que es un camino difícil, porque el gradualismo deja insatisfecho a todo el mundo. Siempre  lento y calmoso, es una pasión triste. Y que se corre el riesgo que la gente se olvide que fue engañada por añazos de desmanejos,  porque es más fácil engañar a la gente que convencerla de que fue engañada.
Pero como decía Karl Popper, señor de cabeza gorda, una vez que nos damos cuenta de que no podemos traer el cielo a la tierra, sino solo mejorar las cosas un poco, también vemos que solo podemos mejorarlas poco a poco.
Y tampoco me olvido que Adam Smith, parece que padre de la economía moderna,  toleraba subsidios y controles cuando "el suprimirlos podía acarrear en lo inmediato más males que beneficios", y  llamaba a enfrentar la realidad "de una manera flexible". Incluso recomendaba vigilar esas "pequeñas pandillas de economistas dogmáticos intolerantes"
Robert Merton Solow,  un economista que, mientras fue profesor en el MIT, tenía un velero que piloteaba dentro de la bahía que hay en Massachusetts,  les recomendaba a sus colegas que tuvieran uno. Para que se volvieran humildes, porque “por más idóneo que seas, dependes de manera crucial del viento”.


sábado, 17 de marzo de 2018

Las costumbres de la democracia (parecido a la Argentina)

  

El Mercurio  16 de marzo de 2018

Chile tiene una de las tradiciones democráticas más contundentes del mundo. Por algo la misma dictadura planificó volver a ella, lo que es inusual en dictaduras. Cosa de preguntarles a los cubanos, cuya dictadura pronto cumplirá 60 años. O a los chinos, ahora que Xi Jinping decidió ser su presidente vitalicio. O a los venezolanos, con su implacable dictadura narco, sostenida por miles de agentes cubanos. En Chile valoramos nuestra democracia y sabemos ejercerla.

Por eso insistimos en preservar ritos democráticos antiguos aun cuando parezcan pasados de moda. Por ejemplo, el día de la votación. Eso de escondernos en un cubículo detrás de un trapo que hace de cortina, para marcar nuestra opción con un lápiz rudimentario, en un papelito que doblamos y sellamos antes de salir a depositarlo en la urna. Enseguida la felicidad de recuperar el carnet, no por desconfiar de los vocales, sino porque cierra un proceso cívico que nos enorgullece. Uno que además borra el tiempo, porque nos conecta con todos los seres que éramos cuando votábamos antes. También borra distancias, porque nos une a millones de compatriotas que ese día hacen lo mismo. ¡Ojalá no cambiemos a voto electrónico, como en Venezuela! Como decía Hayek, toda tradición antigua vale, a menos que pase a hacer daño. Hay costumbres que pueden haber perdido su sentido práctico, pero que cabe preservar, porque la comunidad se reconoce en ellos.

Otro rito admirable: el de la transmisión de mando. Igual cada cuatro años. Una ceremonia austera, hasta aburrida, pero de gran dignidad. Primero la larga lectura legalista del decreto del Tricel. Después la entrega de la banda y la piocha. La salida de la ex Presidenta con todos sus ministros. Ya sin banda, ella sale aceptando que, en democracia, los emperadores terminan, si no desnudos, desprovistos de los símbolos del poder. Finalmente el juramento o promesa de los nuevos ministros. Ningún discurso que pueda provocar polémica. Predomina la institucionalidad, y por si nos olvidáramos, el lenguaje leguleyo al que se recurre nos recuerda que aquí todos, incluido el mandatario nuevo, estamos sujetos al imperio de la ley.

El domingo pasado esta sobriedad fue interrumpida solo por tres miembros del Frente Amplio, y eso que los ahogó la solemnidad del conjunto. Un diputado llegó vanidosamente disfrazado, otro llevaba una bandera chilena con la consigna "el agua para Chile", y una diputada exhibía un cartel que decía "Macri: libera a Milagro". Se refería a Milagro Sala, la dirigente kirchnerista presa en Jujuy desde enero de 2016, por fraude y extorsión. El Papa la quiere. Le mandó un rosario bendito ese año, y más adelante, una carta cariñosa de su puño y letra. Pero con todo respeto al Papa, ella representa lo peor del actuar violento y mafioso de los operadores kirchneristas. Es la antítesis de todo lo que se manifestaba ese día en Valparaíso. Por eso el gesto de la diputada nos sirvió. Nos recordó prácticas nefastas de las que nos hemos salvado en Chile. Nos permitió compararlas con lo que tenemos. Por algo los extranjeros que había estaban maravillados. Un ecuatoriano me dijo que en su país una transmisión de mando duraba cinco horas, con un discurso del presidente entrante (muchas veces el mismo que el saliente) que ocupaba una buena parte de ese tiempo. El domingo nos bastó con cuarenta minutos.

La transmisión de mando es una ceremonia republicana que une a los chilenos. Justo lo que piensa hacer el Presidente Piñera en su cuatrienio. Como los antiguos gobiernos de la Concertación. Tan distintos al que se despidió el domingo, cuyos últimos días parecían querer comprobar ese dicho de la ex presidenta de que "cada día puede ser peor".

jueves, 15 de febrero de 2018

Los muertos invisibles de la Argentina


Diario LA NACION
11 de febrero de 2018  
El último gesto de vida de Antonio Muscat, segundos después de recibir una lluvia de plomo, es esta lágrima furtiva que le cruza el rostro final, tendido sobre la vereda ensangrentada. Nació en Dock Sud, provenía de una humilde familia de inmigrantes malteses y se casó con una bella croata de tres nombres a quien todos llamaban Beba. Se recibió de contador público, ingresó en Molinos e hizo una larga carrera en el grupo Bunge & Born. Su vida personal siguió siendo sencilla, frugal y feliz: se lo veía siempre cortando el pasto del jardín de su casa de Quilmes, acompañando a sus tres hijas mujeres y ayudando a los más pobres desde sociedades de fomento, club de leones y parroquias ribereñas. Beba lo esperaba todas las tardes con la alegría de una novia. Al día siguiente del secuestro de los hermanos Born, ella atendió un llamado: "Decile al hijo de puta de tu marido que va a ser el próximo". Al principio de los violentos años 70, la compañía le había ofrecido trasladarse a Brasil; luego le intervinieron el teléfono y le pusieron una custodia. Pero Antonio no quería asilarse ni vivir vigilado; pensó sinceramente que nadie querría matar a un simple gerente, a un tipo de barrio. Más bien cavilaba, y no sin algo de razón, que esos amagues eran simples presiones para que el patriarca de los Born soltara por fin el dinero del rescate. Pero el patriarca se ponía duro y las negociaciones se dilataban, y entonces los responsables de la Operación Mellizas tomaron secretamente la decisión de "ejecutar" a algún empleado de la compañía para ablandar la voluntad, para aceitar el diálogo. Antonio Muscat no tenía forma de saber que ya se había transformado en un blanco móvil.
Esta mañana del 7 de febrero de 1975 gobierna Isabel Perón, y hay un sol radiante. Muscat, como todos los días, se levanta temprano, sale a hacer flexiones y ejercicios de respiración, se ducha y despierta a Beba: siempre se sienta a su lado en la cama y le ceba unos mates. Luego carga a dos hijas en su Ford Falcon y cambia su itinerario de rutina, puesto que debe dejar a una de ellas en la estación de trenes. "Apurate que tengo varios coches atrás", le dice. Ella se apura y, por lo tanto, solo le deja un beso fugaz. Todavía hoy, 43 años después y con la perspectiva del drama, se arrepiente de aquella fugacidad. El dolor nos vuelve injustos con los detalles.
En la barrera Rodolfo López un coche le frena a Muscat por la retaguardia, y otro se adelanta y se le pone a la par. El contador entiende que algo grave está por suceder, porque comienzan a sonar dos sirenas. La barrera se alza y él pisa el acelerador. Pero a los pocos metros un tercer auto sale de la nada y lo bloquea, y lo encierran hacia la derecha. De ellos surgen nueve tipos armados con ametralladoras y le arrojan gas pimienta. La otra hija de Muscat baja aturdida y se refugia por un instante detrás del Falcon, y Antonio parece alejarse de ella quizá porque intuye que van a rociarlo de muerte, y no quiere que las balas la alcancen. Los asesinos se concentran en él: uno de los proyectiles le entra por el brazo, le atraviesa el tórax y le toca el corazón.
Cuando se acerca, su hija lo ve caído y por el rabillo del ojo divisa a los nueve homicidas, que regresan a sus coches con las ametralladoras humeantes. Es en ese instante de conmoción cuando observa que aquella lágrima solitaria y última surca la cara de su padre. Un conscripto que pasa por ahí la ayuda a cargar el pesado cuerpo y a conducirlo a la Clínica Modelo. Beba Muscat, pocos minutos más tarde, entra en el quirófano sin saber que su marido ya ha expirado y le grita: "¡Vamos, Antonio, fuerza!". Hasta que una enfermera la acaricia amorosamente, ella se da cuenta de la verdad y se desmorona.
Muscat fue sepultado en el cementerio de Avellaneda; dentro de la caja fuerte de su oficina encontraron varias amenazas firmadas por Montoneros y ERP. Born, que lo conocía y lo estimaba, ordenó fríamente que pagaran una indemnización, pero solo envió unas flores y una tarjeta impersonal. Sus dos hijos recobraron la libertad, pero nadie se acordó nunca de esa familia mutilada. Ni una línea, ni una palabra, ni un llamado. Beba se sintió abandonada emocionalmente por los patrones de su esposo. Estuvo un año entero muerta en vida, hasta que de pronto resucitó: dijo que nunca más iba a consumir la yerba ni la harina ni ningún otro producto que fabricaran las empresas de los Born, y se dedicó con risas y con garra a sacar adelante a sus hijas. Jamás volvió a enamorarse, pero logró que todas hicieran un buen duelo y que no se agitara obsesivamente en el hogar la memoria de aquel terrible atentado; no quería que sus nietos crecieran con resentimiento. La dictadura militar les pareció a todas ellas una aberración inexcusable: lavar sangre con más sangre, combatir el terrorismo transformando al Estado en terrorista y en sádico asesino en masa. Los posteriores negocios de Born con Galimberti les hicieron rechinar los dientes. Y la irresponsable mitificación de los montoneros operada por el gobierno kirchnerista les crispó los nervios. Tuvieron que romper su propio criterio con esos hijos y sobrinos cuando descubrieron que el clima de época les inculcaba la épica de la "juventud maravillosa". Se vieron forzadas a sentar a esos chicos y a explicarles seriamente lo que había sucedido con el abuelo. Y cómo los miembros de aquellas bandas armadas jamás pidieron perdón, y el modo en que se silenciaron a todas sus víctimas mediante una extraña extorsión pública según la cual evocar las aberraciones terroristas implicaba necesariamente disculpar el exterminio de Videla y de Massera, o sustentar de manera automática la "teoría de los dos demonios".
Por esa misma razón, hay 1094 muertos invisibles en la Argentina; la mayoría de ellos, eliminados en tiempos de democracia. Civiles y no combatientes. Personas que trabajaban para una multinacional y eran fusiladas con alevosía bajo la acusación de "colaborar con el capitalismo", o que se encontraban en el lugar equivocado a la hora equivocada, y una bomba las volaba en pedazos. O policías recién salidos de la escuela que eran agentes de tránsito y servían como bautismo de fuego para los militantes más ambiciosos: les disparaban a los vigilantes a mansalva en una esquina y ganaban así prestigio en el escalafón interno de la Orga. Hirieron, por ese camino, a 2362 ciudadanos y secuestraron a 756 hombres y mujeres.

Los Muscat no reivindican la represión ilegal, ni repudian las condenas a los militares, ni siquiera esperan que un juez alcance alguna vez a las cúpulas guerrilleras: parece demasiado tarde. Solo aspiran a salir del pozo del olvido, ese averno de silencios donde la muerte es omitida por el Estado y por la sociedad. Los desaparecidos, con gran justicia, tienen actos, homenajes, museos, parques de la memoria, lugar en los libros. Estos muertos, en cambio, no tienen nada. Su recuerdo no solo es necesario para reparar esa sustracción, sino para cuestionar esta nueva historia oficial que se cuenta en las aulas colonizadas, según la cual hubo una generación "heroica" que dio todo por cambiar el mundo. Incapaces de un mínimo pedido de disculpas, muchos de ellos fueron en verdad asesinos autoindulgentes, arrogantes e impunes recubiertos bajo la piel de "idealistas". Pensé mucho en ellos y en Muscat al leer esta semana la novelaPatria, sobre ETA y el País Vasco. Fernando Aramburu, su autor, vino a Buenos Aires y lo dejó claro: "Matar por un ideal es un crimen".

viernes, 12 de enero de 2018

ABRASADA (con S)


La nueva novela de Alejandro Marín


La aparición de restos humanos incinerados a la vera de una subestación eléctrica, cercana en tiempos y distancia al edificio donde fue hallado el cadáver del fiscal que prometía el peor de los escenarios para la ex presidenta argentina y varios de sus secuaces, desató todo tipo de conjeturas.
Conjeturas fogoneadas por un periodismo supernumerario, ávido de verdades, suposiciones o patrañas. Y por la imaginación de la opinión pública, mayormente saturada de los haceres del gobierno que fue.
A este escenario se enfrentan  Jordi Gonorria, economista de nota y sublime cocinero y su amigo y compinche, el comisario Francisco “Quito” Verdudo.
Para desembrollar este misterio, nuestros amigos deben transitar el lado bronco de una realidad poblada por mafias y por los políticos, mercaderes y banqueros que trincan con ellas.
Apetitosos platos, divertidas historias de cocina, enigmáticos sobresaltos eróticos y sesudos análisis de nuestra economía completan el escenario.
Un escenario ilustrativo y divertido de transitar para el lector aficionado a las martingalas del misterio. Y por qué no, de la realidad.

https://www.amazon.com/Abrasada-misterios-Gonorria-Verdudo-Spanish-ebook/dp/B078YD6FRD/ref=sr_1_1?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1515771688&sr=1-1&keywords=abrasada+%28conS%29

viernes, 29 de diciembre de 2017

PARA AQUELLOS QUE NO ESTAN DISPUESTOS A RENUNCIAR AL LIBRO DE PAPEL

Ahora también en papel a pedido en la tienda Kindle de Amazon.
CON LAS COSAS LINDAS QUE PASAN EN LA FAMILIA
Otra novela de intrigas, ficciones y realidades de Alejandro Marin
Jordi Gonorria, economista, cocinero y detective aficionado, y Quito Verdudo, ex comisario,  se topan con otro misterio. Cuando el hijo de un bodeguero es acusado por los homicidios de su esposa y su amante.
Tratando de encontrar claves que exculpen  al acusado, nuestros amigos recorren los libros escritos por la víctima. Uno que recoge historias de connotados personajes de la provincia argentina de Mendoza, vinculados a la elaboración de vinos, de mascaradas y de curiosidades.
Y otro que cuenta las correrías de renombrados promotores y sacadineros vinculados al colosal embeleco del futbol.
La historia también va develando secretos de familia, ocultos a las vergüenzas entre los pliegues de  silencios e hipocresías
Una historia en la que la ficción y la realidad se conjuntan hasta resultar difícil  disociarlas.
En su transcurso, nuestro economista disfruta, no sin algún padecimiento, las osadas idas y venidas eróticas de su pareja, muy alejadas de lo que preconizan las virtuosas buenas costumbres.
Cuentos de cocina y pareceres sobre economía y economistas rematan un relato ameno e ilustrativo.
Disponible  en la Tienda Kindle de Amazon. Digital y libro papel de tapa blanda.