viernes, 18 de agosto de 2017

CRITICAS Y RECOMENDACIONES

En su edición 139, la prestigiosa revista literaria Resonancias   (www.resonancias.org)  publicó una muy buena y ajustada crítica sobre las novelas de Alejandro Marin, que tienen por protagonistas al economista y cocinero Jordi Gonorria y al también economista y destacado ex jefe de delitos complejos de la policía federal, don Quito Verdudo.


PASOS DESTEMPLADOS, la segunda novela de la serie, es recomendada por LETRALIA, TIERRA DE LETRAS (Letralia.com), la revista de los escritores hispanoamericanos en Internet.

Esta revista, fundada en el año 1996, posee un extenso archivo de obras, muchas de las cuales han alcanzado reconocimiento internacional.
En el año 2010 recibió un homenaje de la Universiadad de Zulia. Y en el año 2007 obtuvo el Premio Nacional del Libro de Venezuela, edición 2007, en la categoría Publicaciones Digitales como el mejor sitio electrónico que promociona el libro y la lectura.
En años anteriores, Letralia ha sido finalista en los premios Lo Mejor De Punto Com (2004 y 2005), de Venezuela, y en los premios Stockholm Challenge (2006 y 2008), de Suecia. 

ESPERANDO EL DESTINO, la tercera novela, es recomendada por la revista CRITICA de Chile (Crítica.cl)


Crítica es una revista electrónica, que desde su fundación (1997) opera como un medio de difusión y discusión de ideas sobre literatura, arte y cultura en Chile y en América Latina.  De hecho, Crítica.cl es un puente cultural para el mundo académico e intelectual en lengua castellana que vincula a Chile de Arica a Punta Arenas y con América Latina y el resto del mundo iberoamericano.
Le confiere seriedad a la revista la cuidadosa selección de autores (y colaboraciones), muchos de ellos docentes en las más reconocidas universidades del continente, de México a la Patagonia, y de América del Norte y Europa, sobre todo España.

jueves, 10 de agosto de 2017

EL SILENCIO DEL PROGRESISMO

Claro que no se trata de un tema novedoso. Pero vale la pena volver sobre el apoyo – en voz alta o en silencio, con ruido o sin ruido - que recibe Maduro por parte de las feligresías de “izquierdas”.
Dejemos de lado los amparos que le brindan otros eruditos destacados, como Luis Delía,  el invasor de comisarías o la empresaria hotelera Cristina Kirchner o la jefa de las madres circulantes o Maradona y su última neurona.  No meritúan tomarlos en serio. Pero casualmente son los más destacados por la ligereza intelectual de los medios de comunicación y  la competición por decirla “más gorda”
Concentrémonos en las dispensas de gentes como la gente.
Por cierto, esta bipolaridad moral no es flamante.
En el siglo pasado, quienes desde la izquierda denunciaban los excesos stalinistas o castristas, eran  abominados y tratados como bestias negras por la la “intelligentzia” progresista.
Cuál es el fenómeno moral que lleva a mucha gente bien intencionada a aceptar atropellos incompatibles con los principios que manifiestan defender?
Se trata de una rareza o de una forma de escamotear la sinceridad de sus intenciones?

Solo nos cabe recordar las tan actuales palabras de Camus en su carta al comunista Emmnuel d'Astier de la Vigerie: "Tengo horror a la violencia confortable. Tengo horror a todos aquellos cuyas palabras van más lejos que sus actos. En eso me separo de algunos de nuestros grandes intelectos, de los que dejaré de despreciar sus llamadas al crimen cuando sean ellos mismos quienes empuñen los fusiles de la ejecución".

martes, 8 de agosto de 2017

LA CALENTURA DEL PENSADOR

Escrito en el año 2012 para el amigo Horacio Gonzalez, tiempos en los que oficiaba de director de la Biblioteca Nacional. Y mostrando su copioso desvarío, achacó el afán cacerolero de las señoras que se volcaban a la calle en ese entonces para protestar contra el gobierno, a la envidia que sentían por Cristina Kirchner.
En estos días ha regresado a las arenas del disparate con su team de intelectuales. Bienvenidos. Los extrañábamos. Hay que escuchar de todo. Aunque no sea fácil.

El pensador estaba desarbolado. Por más ahínco que le pusiera al pensamiento, no lograba llegar a la razón última que llevaba a las gentes a oponerse al gobierno regio.
Por cierto que su ensimismamiento profesional le permitía apreciar los motivos rastreros que creaban tanta bulla. Veía con indignación los ánimos execrables que buscaban desacreditar una lucha sin par para restaurar miserables privilegios. Y, sobre todo, la maldad de los monopolios periodísticos que fogoneaban y hasta coordinaban el golpe de cacerola y la pregunta agresiva.
Pero de tanto esmerarse en el ejercicio del pensamiento, un día descubrió que la causa última de todo no estaba donde pensaba. Estaba en la enfermedad española, diseminada por Repsol en todos los rincones de la patria.
La envidia. Uno de los siete pecados capitales.
Ahora entiendo, pensó. Esas pobres mujeres, movidas por mezquinos intereses, como no van a envidiar a la regia. A esa diosa moderna que conjuga las virtudes de Venus y Minerva.
Como no van a envidiar esa belleza, ese buen gusto, esa elegancia, esos mohines incomparables con que acompaña sus disertaciones. Esa valentía para plantarse ante los poderosos del mundo y exhibirles sus miserias, sus errores, sus hipocresías. Para mostrarles el camino para mejorar sus países y atender a sus pueblos.
Para ofrecerles el camino de la sabiduría.
Para contarle en su estilo coloquial a los pobres chicos de universidades extranjeras, “formateados” por intereses inconfesables, historias rocambolescas y extraordinarias.
Como no van a envidiar sus incomparables éxitos personales y económicos.
La regia no conoce la envidia. Mueve su bellísima cabellera al compás de sus verdades absolutas mientras las caceroleras – como todas las envidiosas - son espectros femeninos de tinte lívido que llevan en su cabeza infinidad de culebras.
Y como no la van a odiar los hombres grises que acompañan a esas mujeres grises por las oscuridades de sus vidas. Que jamás podrán acceder a esta Palas Atenea. A esta diosa olímpica.
Que solo entregó su vida a ese campeón de mirada esquiva, con el rostro tallado por los caprichosos vientos patagónicos. Que cual Bello Brummell fatigó sus mocasines y su traje cruzado por todo el mundo conocido. Llevando el nuevo verbo y pariendo el nacimiento de la nueva y verdadera historia.
Desde Rio Gallegos a Puerto San Julián. De Puerto Deseado a Caleta Olivia, a Pico Truncado, a Cañadón Seco. A Gobernador Moyano, a Bajo Caracoles. Y a la tierra prometida de Calafate, Partenón de los dioses inmobiliarios.
Que enseñó, siguiendo a Laclau y a Menotti, sus filósofos de cabecera, que la mejor defensa es un buen ataque.
El pensador sabía que él tampoco podía acceder a esta hija de Zeus. Se conformaba con un beso furtivo en la mejilla en algún acto oficial y una sutil caricia en sus manos ejemplares.
Y con mirarla diariamente por televisión y atender sus cadenas nacionales. Que tenía grabadas y desgranaba a diario para extasiarse con esas horas que le parecían escasas.
Y, hombre al fin, sentía la pulsión que le producían esas manos níveas que acariciaban micrófonos rebeldes. La granada de su boca sabia que debía saber a berries patagónicos. Y la frescura que adivinaba en su aliento, perfumado como jazmines de los patios de Tolosa.
Y a veces hasta se animaba a imaginar la belleza de su cuerpo admirable de Afrodita, escondido en mohaires, cachemiras, chifóns, georgettes, rasos, tafetanes de  elegancia sin par.
Hasta que un día su mujer, compañera de tantos años, le formuló la pregunta tan temida.


¿Papito, te agarraste una calentura con Cristina?

jueves, 3 de agosto de 2017

SENTIDO ADIOS

Próximo a cumplir la friolera de 141 años, ha cerrado sus puertas el Buenos Aires Herald, único diario latinoamericano escrito en inglés y el más antiguo del país en idioma extranjero.
Una publicación que supo sobrevivir a los vientos y temporales que periódicamente asolan la Argentina. Y darle cara a esas borrascas, siendo el único diario que se animo temprano a denunciar las  muertes y desapariciones ocurridas durante el último gobierno militar.

Nos quedan en la memoria sus dignos y talentosos directores. James Nielsen, Robert Cox- quien recibió el prestigioso premio Maria Moors Cabot, de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia y  el Gran Premio a la Libertad de Prensa concedido por la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) por su "larga trayectoria y valentía" en la defensa de la libertad de expresión - , Andrew Graham-Yooll y los colaboradores comprometidos en la defensa de los perseguidos durante la década del 70. Periodo durante el cual ellos mismos fueron acosados y debieron abandonar el país.        Por su actitud independiente, también fueron intimidados durante la “década ganada”, al punto que finalmente el diario pasó a manos de un testaferro del matrimonio gobernante.  

jueves, 27 de julio de 2017

MENU

Harto ya de escuchar y leer sandeces  con motivo de la pronta elección de parlamentarios argentinos, me preparé un menú para mi espíritu. Y espero que también para el de ustedes. Quienesquiera sean los que están del otro lado. Esperando que haya alguien,claro.
Yo solo oficio de seleccionador del condumio. Su factura le corresponde a un señor de cabeza gorda. Fernando Savater.
Que no ha mucho me enterneció con un sentido comentario sobre la muerte de Sara, su mujer.
Dijo: “Yo solo escribía para que ella me quisiera mas.”
Para mi gusto, pocas expresiones de amor mas bonitas que esta.
Vamos al menú.
El primer plato es sobre Erich Fromm. Formidable pensador nacido en Alemania cuando comenzaba el siglo pasado. Formidable pero, me parece, no lo suficientemente reconocido intelectualmente.
Claro. No escribió ningún tratado con tapas de cuero y letras doradas; su visión de la vida fue optimista, su espíritu conciliador  y su forma de decir sencilla, llana.
Y don Fernando lo rescata para que Fromm nos aclare el hoy con sus escritos de mediados del siglo pasado.
El plato de fondo es sobre Baruch Spinoza. De origen sefardí, nacido en Amsterdam y considerado uno de los generadores del pensamiento moderno. Y, ni que hablar, de la ética moderna.
No es que lo diga yo. También lo proclamaron Goethe, Hegel, Schelling y otros muchachos mas o menos preparados.
Y don Fernando lo rescata, para ver como se concilian sus ideas con la situación de beligerancia que arrima candela sin fin a israelíes y palestinos.

Este es el menú. Y a esperar porque se va a servir “a la rusa”. Un plato por vez.

miércoles, 21 de junio de 2017

Perros de la Recoleta

arturo perez reverte
Publicado el 18 de junio de 2017 en XL Semanal.

Desde hace casi treinta años, la Recoleta es mi barrio cuando viajo a Buenos Aires. Y cada día, haga lo que haga, camino cinco minutos desde mi hotel hasta el lugar donde, invariablemente, desayuno tres medias lunas con un vaso de leche tibia mientras hojeo los diarios o un libro junto a las sombras gratas de Borges y Bioy Casares. Ese lugar es el café La Biela, en su esquina formidable desde la que, a través de los ventanales, puedo contemplar el espectáculo diario de lo que más me alegra el corazón cuando estoy en esta ciudad: los perros de las casas vecinas a los que sus cuidadores sacan a pasear en grupos, atraillados y pacíficos, y sueltan un rato para que jueguen en el césped que hay ante los grandes magnolios. Esos perros de la Recoleta son perros felices, chuchos bien, que tuvieron la fortuna de caer en casas donde se les cuida e incluso mima, a diferencia de los otros infelices que vagan por los barrios más humildes de la ciudad, o son abandonados en cualquier sitio cuando dejan de ser graciosos cachorros. Al menos éstos que veo pasar ante La Biela están a salvo, dentro de lo que cabe. Y eso alivia un poco mi tristeza cuando pienso en sus camaradas con menos suerte en el mismo Buenos Aires, en España, en tantos lugares del mundo donde la infamia del ser humano desprecia, o maltrata, su lealtad y su nobleza.
En el último viaje, sin embargo, esos ratos felices de la Recoleta se han visto empañados por una pérdida. Si es cierto que sigo desayunando en La Biela, ya no puedo ocupar mi mesa habitual en la Munich, que durante tres décadas fue el lugar al que estuve yendo a comer o cenar, solo o con mis amigos. El restaurante Munich –para los asiduos, la Munich– había nacido en 1930 en forma de lechería, que doce años después se transformó en restaurante de estilo alemán. Lo descubrí en 1982, cuando fui a cubrir la guerra de las Malvinas, y desde entonces casi no hubo día en Buenos Aires que no pasara por allí. Ahora, sin embargo, ya no existe. Lo vendieron sus dueños y, según me cuentan, proyectan construir allí un edificio de doce plantas, clavando un clavo más, uno de muchos, en el ataúd de uno de los barrios más personales y elegantes de la ciudad.
Murió la Munich, como digo. Cerró hace unos meses tras una triste agonía a la que tuve el desconsuelo de asistir. Sus dueños, pendientes de la venta que ya negociaban, la dejaban fenecer como en el tango, y así la vi en mis últimas visitas: sola, fané y descangallada. Durante el último año se había desplomado la calidad de la comida, todo era un enorme descuido, y sólo me ataba al lugar la profesionalidad perfecta de los viejos camareros de chaqueta blanca; que, aunque se les debían varios sueldos, hacían cuanto estaba en sus manos por ser fieles a lo que habían sido. Los clientes de toda la vida, familias en domingo, señores bien vestidos, señoras a las que podía uno llamar señoras sin que le diera la risa floja, seguían acudiendo al restaurante de ambiente tirolés de cabezas de ciervo, manteles blancos y manteca en platitos de aluminio. Pero ya ni el bife era el bife, ni los riñones o criadillas merecían la pena, la omelette de alcauciles estaba para devolverla a la cocina, y las espinacas a la crema brillaban por su ausencia. José Manuel, el viejo, seco y perfecto maître asturiano, jubilado justo cuando empezaba el declive, ya me lo había anunciado: «Vienen otros tiempos, don Arturo. Por suerte yo no voy a estar aquí para verlos». Al despedirnos, me regaló una taza de café con el nombre de la Munich. «A saber dónde acabarán las otras», dijo.
Ahora he vuelto a la ciudad, y al Alvear, y a La Biela, y a caminar unas cuadras hasta la librería Cúspide y las otras –cada vez menos– que aún no desaparecieron del barrio. Y al pasar ante la Munich, cerrada, me he detenido un momento, a recordar. La vieja placa de bronce sigue atornillada junto a la puerta, y por un momento lamenté no tener veinte años menos para venir de noche con un destornillador y jugármela robando esa placa que a nadie importa ya. Lo malo de vivir demasiado, o casi, es que asistes al final de muchas personas y de muchas cosas a las que da pereza sobrevivir. Tu mundo se desvanece y el paisaje se despuebla. Eso es lo que pienso, parado ante la placa que soy demasiado viejo para robar. Miro a mi alrededor, desolado, y entonces tengo la suerte de ver que un grupo de perros atraillados pasa por la vereda, moviendo el rabo. Y me consuelo pensando que al menos, en esta ciudad que tanto amo, todavía hay perros felices, hay libros en las librerías, el Puentecito permanece abierto en Barracas y Gardel sigue cantando en Buenos Aires.

lunes, 12 de junio de 2017

LA TEMPORADA DE LAS LIGEREZAS

LA TEMPORADA DE LAS LIGEREZAS
Nueva novela de intrigas de Alejandro Marin.                                 
En esta oportunidad es el asesinato de un  importante industrial italo-argentino lo que convoca a Jordi Gonorria, economista y casi profesional de la cocina, y al comisario  Quito Verdudo.  
La ficción transcurre en Punta del Este, seguramente el sitio para el ocio con mas carácter internacional de Sudamérica. Se desarrolla en ese ambiente  frívolo que arropa la vulgaridad de su tiempo de verano, enmascarado por la afectación de lo aparente que es  el snobismo y los trazos de refinamiento que le dan cierta distinción al lugar.                                          
No pueden estar ajenos a ello todos los personajes que acostumbran poblar cada temporada.  Incluyendo las “celebrities”, los arribistas y los pillos.  Ni la exhibición de poder y desenfado que permite  la abundancia Atmósfera que invita  a dejarse llevar por  los siempre bienvenidos placeres mundanos, abandonando  remilgos sexuales y maneras mojigatas.
Tampoco nuestros personajes pueden mantenerse ajenos a ese ambiente en el que transcurre la historia, cuyo carácter es definido por la ironía y el erotismo. Una entretenida narración, que también nos lleva a conocer historias de cocina,  enigmas económicos,  y coloridos e inopinados  enredos terrenales de respetadísimos intelectuales.

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